BARATIJAS DE SANGRE

Traducción de Dora Cecilia Ramirez Era un lunes de abril cuando la señora Helena Ramos cerró la puerta de su casa para nunca más abrirla. Había…

Cristaleira de mamãe. Foto: Fernanda Pompeu Cristaleira de mamãe. Foto: Fernanda Pompeu

Traducción de Dora Cecilia Ramirez

Era un lunes de abril cuando la señora Helena Ramos cerró la puerta de su casa para nunca más abrirla. Había decidido que las calles no existían más, que las ciudades eran ficciones y el planeta tierra el desierto. Escogerá ser una hormiga atravesando el continente del mantel, yendo al encuentro de un plato con un tenedor muerto por encima. Los seres de su cofradía de cómplices. Claroscuro, cerró la veneciana de la sala abrió la cortina de la retina, para crear con matices su video de terror. Donde la escoba de paja era Londres en la vertical, el colador de café un volcán eruptando algas, el aceite en el sartén las aguas de una laguna en el infierno. El encendedor de mesa un cantor heavy metal, Helena lo despedazó en caos de astillas, licuó entre ellas puntas de nervios levantando los cabellos por encima. Comenzaba una revolución donde ella era zar y bolchevique al mismo tiempo, la Bastilla el aparador de los pocillos esperando bancarrota. Helena Ramos abrió la nevera, rodaron aceitunas como perlas escurrían por sus piernas, mientras contaba en las manos los piojos hartos caían de sus ilusiones, rompió el pote de mayonesa comió ensalada de perlas e ilusiones, sabía, era su último refrigerio. Ahora iría hasta el fin, retiró del clavo en la pared  el gran espejo, lo colocó en el  lavaplatos abrió la llave y estregó con fuerza sus imágenes.

Estaba declarada la guerra. En ese día Helena Ramos dejaría el mundo para sí, la lucidez por la locura. En una góndola hecha con un limpión de los platos, cuyos remos eran doce cucharas de plata, navegó en mares de encaje ondas de naftalina. No piensen que buscaba la tierra firme, al contrario, buscaba el centro de un universo irrefutable, un gesto de cariño como la gelatina de uva que ella derramaba en la leche que llevaba al gato de porcelana. Zambulló los zapatos en el tanque, escondió la blusa en el horno, la falda la enhebró en el aspirador del polvo, clavó los calzones en un cuchillo convirtiéndolos en bandera. Desnuda por su casa, hambrienta, yendo al origen en alta velocidad, una primate vestida de astronauta. Su aire era el gas que las bocas de fuego expulsaban, silencio, Helena entra en una dimensión de espacios infinitos y pesadillas fugaces, su viaje era el paro cardíaco de lo cotidiano. Se descubrió arañando en su interior sensaciones que las palabras no podían. Berró un aullido mudo, estremeció el cuerpo, su nariz cayó entera en el azucarero. Fue entonces cuando percibió el reloj, adelantó los punteros diez horas, quería conocer el futuro ya vivido. Atrasó diez meses el calendario, quería de nuevo poseer el pasado que ciertamente iría a vivir. La actriz que nunca fuera ensayó al son de las gotas de cloro cayendo en el espejo. Estar ella con ella, lejos de las personas, de los bichos, lejos de los suyos, ¿cerca de qué?.

Puso el esparadrapo, vendando el ojo mágico de la puerta, no admitiría intrusos, ansiaba una intimidad enmarañada de mímica, manías exóticas, tics de calma, pensamientos diagonales a la razón. Entró en el cuarto, habló con la vieja cama, volteó contra la pared los tres hijos congelados en los portarretratos, no, que no los amase más, pero estaba cansada. Sabía, cómo sabía que era un cansancio sin sueño, un sueño sin sueño, un sueño sin despertar. Sobre el tocador las cajitas chinas, sacó una de dentro de la otra, media docena de todo. Comprendió que media docena recordaba huevos, huevos recordaban patios, patios recordaban higueras, higueras recordaban duraznos, frutas recordaban su infancia y su infancia su vejez. Una bola de fuego subió del vientre a la boca en un desespero sin inmunidad, se vio una ratica acorralada entre un laberinto cruel. ¡Ah!, si hubiese cigarros en la escena, pero Helena Ramos no fuma ni bebe. Se encontraba con la idea extraña de una persona sin vicios, apenas con vínculos, vínculos de nailon, de madera, de carne. Escuchó, no estaba sola aterrada oyó el papagayo, viejo huésped en la casa. Lo hizo, degolló el último testigo.

Pues me siento no propiamente una persona, pero sí una estrella patas arriba en un sistema al revés, mirando el planeta tierra com sus países que mas parecen larvas incandescentes. El elemento fuego huyendo de mi rostro para fosforecer las hogueras, las astillas. Sí estoy loca es un estado positivo, donde imagino vegetación en el desierto, soledad en el amor, rectas circulares y la eternidad. Mi sueño de gatica atravesando el viaducto, allá abajo el altántico, el amante dilecto balancea sus ondas coqueteando con la naturaleza. Los que pasan a mi lado y tan absolutamente distantes no me entienden, grito a quien pueda oír “ustedes: verano e invierno nacen de las primaveras en medio de los otoños”. Veo hélices de navíos atracando en la Plaza Ramos, traspaso nudos de horizontes, el reloj apunta las horas contra la capital. Esa ciudad dragón tatuando en cada una de sus esquinas filigranas de carne, pieles sumergidas en los trajes de moda. Ya no me dice nada el tempo cronológico ahora enloquecí, de esta vez ya no retorno, solo sí fuera caminando de espaldas, en el sentido contrario a toda la comedia. No sabría decir cuando comenzó todo, sí es que existe un momento en el que una sensación comienza. Lo que sé es fugaz, de aquí a poco adormezco y todo no habrá sido más que una vigilia.

Helena Ramos quería vivir por última y quizás primera vez un acontecimiento sin ningún ojo que la vigilase, sin ningún valor que la juzgase. Quería la sequedad y el río. Una alegría al apropiarse de imágenes y metáforas inéditas. Actuó rápida, tan rápida que ni vio la cucaracha intrusa andando en el armario, de donde sacó una lata de tinta y un rodillo. Se puso a pintar de color amarillo las paredes de su casa, no perdonaba los cuadros, los santos, nada. El universo amarillento acompañaba con el tono el envejecimiento de su corazón, ella lo oía chirriar como un violín contraído de rabia. Música en manos de un mago malo venida de la pofundidad de esa cosa llamada vida. Corrió para la cocina, frito las esponjas en la tetera, mezcló en el vino el detergente biodegradable. Carcajeó largas sonrisas, nada de lágrimas, la sal para las esponjas. ¿A quien dedicaría el esmerado palto? Convidaría un fantasma, uno bastaba de tantos que creara. Un fantasma para danzar las notas dodecafónicas, después jugarían poker con los dados de la pasión. Transición frenética, sí pudiese descansaría, reposaría su cabeza dentro de una gaveta, quieta aguardaría a que el tempo se manifestase en una euforia atómica.

Pero el tempo dejó de contar, Helena se vio en la infancia, donde no había preocupación com punteros, calendarios, champanes rompiendo los años. Una quietud se posó en su rostro, los gestos se tornaron lentos, casi alusiones a un caminar por la casa. Cómo sí en un abrir y cerrar de ojos el día hiciese el orden, los muebles se sacudiesen, la loza caminara hacia el armario, el café se sumergiese en el termo. Pero ella no podía soportar el automatismo de un hábito de décadas. Todo lo desordenó: tiró por lo alto los ovillos de lana, incendió cortinas, traspasó las cajitas chinas para la bolsa de la basura y el exprimidor de ajo para el tocador del cuarto, de la televisión arrancó los transistores, encendió fósforos en la urgencia de confirmar que el aire respirado sería, por ventura, inflamable. Tenía que hacer. Un lunes promisorio en motines. Helena Ramos entraría en duelo con Helena Ramos. Escogieron las armas ella iría con el alma, la otra vendría con el futuro. Sin testigos sin juez como la araña se vuelve su propia tela.

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